Se sienten en mis pies, las huellas rutilantes de este sol abrasador, que me llena del ardor constante y sin mitigar de mi ser más superfluo.
Con grititos estúpidos femeninos que enmarcan lo que no pretendo ser, pero de lo cual me gustaría disfrazarme, sin embargo, por más que lo desee y llegue incluso a intentarlo, no puedo, no lo logro.
Al no cambiar nada, mis dedos se vuelven azules, de tanto calor, pero mis orejas se enrojecen de frío, y ya pierden su sano esplendor, a pesar de los lamentos matemáticamente programados de manera repugnante, para llevarme a la perdición asilada.
No me uno a tu venganza porque no soy normal y no pretendo serlo.
Me quedo mirando las cruzadas con toda esta naturalidad, la misma con la que oigo tus himnos celtas favoritos.
¡Y mis dedos siguen azules!
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