Mientras miraba la basura que pusieron en la caja, empezó a salir un hedor insoportable, que no era de mis cuerpos circundantes, pero apestaba.
El olor era de un verde excremento reseco. Pudrición insospechada. Y al no cambiar la basura que me gusta y apremiada por este hedor, huí, lejos, sin mirar atrás y sin abrir mis fosas nasales.
Siento que estamos en una batalla, en la que el hedor nos vence sin disimulo, ni suavizaciones de la ruda realidad, que me quiebra los huesos de los dedos.
Hedor que me da la bienvenida al mar, a la magia de las podridas pociones, que ya me hicieron dormir de la forma más honesta en que se puede hacer, aunque sea simple, fácil y estúpido.
Los vaqueos lo hacen una y otra vez bajo el mar de mis párpados y el cielo de mis pestañas.
Que mienten vigorosamente sobre lo que ven ahora.
Porque no ven a Jesús. Y no importa.
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