Cada fin de mes, la joven agrega a su equipaje, esperando con ansia que llegue el día en que ya no haya nada más por empacar.
Lleva veinte años en aquella labor, pero ya queda poco: un par de libros y unos pocos calcetines.
Con tanto miedo de los recuerdos ajenos, que ya no es capaz de quererte.
Se esquiva entre el dolor de cada prenda que todavía le faltan por hacerle heridas.
Amapola mortífera con su arpa hecha de agua morena y fina. Ama su monte, que cruzará con la gran maleta atiborrada de sufrimiento.
La historia no se puede borrar, aunque sea mala.
Niña tan delicada, perfumada de mandrágoras que ríen con su bailecito de cada fin de mes.
Lucero implacable de lo que vendrá destinado como su futuro. Dentro de los jardines encantados de sus sueños.
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